Concierto: James Morrison Quartet, Festival de jazz de Valencia 2017

Ficha del concierto

Crónica del concierto:

La noche de James Morrison en el Festival de Jazz de Valencia fue fulgor instrumental. Un espectáculo perfecto en el que sacó a relucir su maestría, potencial y control absoluto de sus instrumentos, con los que derrochó técnica y manejo de la escena en un show en el que todo estuvo medido al detalle.

La sobrada habilidad musical de Morrison estuvo aderezada de una ironía y sentido del humor que cautivaron más si cabe al público congregado, entre el que había decenas de trompetistas y trombonistas, tanto de clásico como de jazz, preparados para disfrutar de una masterclass de metal.

Un cuarteto de sonido compacto y pulcritud de máximo nivel conseguido con una base rítmica formidable, que todavía lo es más si tenemos en cuenta que el batería Patrick Danao tiene veintiún años y el contrabajista, Harry Morrison – hijo de James -, diecinueve. Las armonías dieron juego entre la guitarra de William Morrison, también hijo de James, y las aportaciones del propio Morrison al piano.

El repertorio asfaltó el camino idóneo para que el multiinstrumentista pudiera disparar todo su arsenal de fuegos artificiales y dejarnos con la boca abierta. Hubo lugar para la autenticidad del blues, para compartir la tradición del swing con fidelidad y esmero, y para dar algo de color a la noche con temas propios que capturaron ritmos como un bolero que se atrevió a hacer guiños al funk. Las improvisaciones se abrieron para que cada cual mostrara su personalidad musical, siendo las de la batería y el contrabajo las aportaciones más contemporáneas, dándole modernidad al conjunto.

Los standards plasmaron algunas de las imágenes más memorables de la noche ya que en ellos, además de técnica, se intuyó respeto, admiración y conexión con algunas de las figuras inspiraron a Morrison cuando todavía no era Morrison. Con Take the A train hizo un homenaje al piano de Duke Ellignton, liderando fuertemente con una llamativa modulación de intensidades. Y con Autumn Leaves se dio el tiempo y el espacio necesarios dejar claro que es un auténtico domador del metal.

Morrison dio todo lo que de él se esperaba: agudos que pudieron escucharse en la Estación Espacial Internacional, un sonido tan brillante como sólido, direccionalidad, técnica y aprovechamiento máximo de cualidades. Profesionalidad con el piano, la trompeta, el flugel y el trombón. Pero Morrison regaló también al público algo mucho más potente que lo esperado: el ejemplo consumado de que el esfuerzo, la dedicación y la pasión por la música son, en realidad, la clave de su éxito.

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